¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?

¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?
Colombia herida

viernes, 7 de octubre de 2011

LA CONSOLIDACIÓN DE LAS ÉLITES GOBERNANTES EN COLOMBIA DURANTE LOS ÚLTIMOS 60 AÑOS DE HISTORIA COMO ANTÍTESIS DEL IDEAL DE DEMOCRACIA. DOS EJES DE ANÁLISIS: CONCENTRACIÓN DE LA RIQUEZA E IMPUNIDAD JUDICIAL. (Análisis preliminar como motivación para la Tesis de Grado de la Maestría en Ciencia Política y Sociología).

El presente trabajo tiene como intención servir de motivación inicial para mi tesis de grado de la Maestría. En este sentido, pretendo hacer un diagnóstico preliminar que logre esbozar lo que ha sido la hegemonía de las élites dominantes durante la segunda mitad del siglo XX y el comienzo del siglo XXI con base en dos ejes de acción: Concentración de la riqueza e impunidad judicial. Es de decir, que estos dos ejes no son autónomos sino que, por el contrario, son complementarios y simbióticos. En efecto, estos elementos se han amalgamado entre sí para consolidar esta hegemonía en el dominio electoral, lo que da visos de democracia a lo que en realidad es una plutocracia, el gobierno de los ricos.

En primer lugar, quiero hacer la delimitación histórica del fenómeno. Es crucial entender que en Colombia las fuerzas políticas de las élites se consolidaron y se unificaron hacia la segunda mitad del siglo XX. Si bien los militantes de los partidos liberal y conservador se enfrascaron en sangrientas luchas desde mediados de siglo y durante toda una década conocida como “la época de la violencia”, los cuadros de estos partidos políticos siempre gozaron de una posición económica y social privilegiada, lo que hizo aún más fácil consolidar su unión burocrática con el llamado Frente Nacional (1958 – 1974). Tal unión consistía en una estrategia de repartición del poder equitativa pero excluyente, lo que desembocó en la creación de nuevos actores armados y connatos de revolución que fueron repelidos eficazmente por los reaccionarios de ambos partidos, consolidando así su hegemonía y radicalizando la elitización del poder.

Desde el Frente Nacional, los gobernantes en Colombia tanto a nivel local como a nivel nacional, han estado caracterizados por ser políticos fuertemente aliados con los grupos económicos y empresariales y con los grandes terratenientes. Así mismo, la Ley ha permitido fortalecer esta concentración de la riqueza en pocas manos, entre otras cosas, porque los legisladores son ampliamente favorecidos con esta dinámica. A esto se suma el apoyo soterrado de actores armados paramilitares ilegales que defienden a ultranza el status quo de los brotes revolucionarios y subversivos en contubernio con las Fuerzas Militares Regulares.

En este orden de ideas, Colombia se ha convertido en un fortín de poder para un grupo muy restringido de personas. Indicativo de esto es que, de acuerdo con el último informe de la ONU sobre la distribución de la tierra en Colombia, se señala que el 52% de la propiedad de la tierra, está concentrada en el 1,5% de la población. Y este esquema sin duda tiene un fuerte anclaje en las políticas del Estado y la manipulación del Gobierno, lo que a todas luces genera una desbordada inequidad económica e injusticia social.

Entonces, voy a desentrañar desde la historia cómo estas élites se han anquilosado en el poder paulatinamente. Colombia se constituyó como una República de vocación conservadora. De hecho, la Constitución que le dio forma definitiva al Estado en 1886 era abiertamente confesional. Esto configuró un Estado con vocación feudal. Protección hacia la propiedad privada, respeto a la autoridad, orientación hacia principios y valores católicos, marcado centralismo y la exclusión natural de las minorías marcó el derrotero de un Estado autoritario y una democracia débil. De entrada esta configuración constitucional generó conflictos a nivel social que se reflejaron en guerras declaradas entre las vertientes políticas más definidas: Los conservadores, defensores del régimen y reaccionarios, y los liberales, revolucionarios que buscaban cambios estructurales que permitieran mayor inclusión social y la secularización del Estado. La primera gran guerra se gestó entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Duró tres años, lo que le valió el nombre de “La guerra de los mil días”. Los conservadores salieron triunfantes y por lo tanto se implantó una hegemonía conservadora, fuertemente anclada en la Constitución del 86 que dominó las huestes electorales durante los primeros 30 años del siglo XX, con base en un fuerte arraigo cultural a la religión en todos los niveles sociales. En 1930 el Partido Conservador llegó divido a las urnas, lo que le permitió al candidato liberal, Enrique Olaya Herrera, conquistar la Presidencia de la República, marcando el preludio de lo que sería la exacerbación de la violencia a finales de la década de los cuarenta y la década de los cincuenta, período que se conoció como “La época de la violencia”. Fueron 16 años de gobierno liberal en el que se introdujeron algunas reformas para generar mayor equidad social e igualdad económica. Se tramitaron reformas agrarias que quisieron hacer una distribución de la tierra entre campesinos y desposeídos y se orientó la educación pública hacia una tendencia menos confesional y más secular. (Bushnell: 2007)

Sin embargo, las reformas del Partido Liberal nunca tuvieron un gran impacto. Con la reforma agraria de 1936, en cabeza del Presidente Alfonso López Pumarejo, se logró la asignación de lotes baldíos en los llanos orientales de Colombia. Pero la gran mayoría de estos predios fueron cedidos a personas ricas, amigos del Gobierno e incluso a familiares del propio López Pumarejo. En pocas palabras, se siguió privilegiando a un grupo reducido de ciudadanos pero ahora bajo el manto de la justicia social y la equidad. Eran las mismas prácticas de acaparamiento y concentración de la riqueza pero para nuevos patronos vestidos de rojo liberal, sin tener en cuenta a los campesinos pobres ni a los desposeídos.

En 1946, fue el Partido Liberal el que llegó debilitado a las elecciones. Se presentó dividido entre un candidato oficialista y un disidente de corte populista llamado Jorge Eliécer Gaitán. Esto llevó a que fuera electo por mayoría simple el candidato conservador Mariano Ospina Pérez. Sin respaldo popular y con un país al borde del colapso, el gobierno conservador no encontró más alternativa que la represión para poder imponer su autoridad. Esto le restó legitimidad y exacerbó la animadversión de la mayoría de los ciudadanos en contra del Estado. En este contexto, el 9 de abril de 1948, fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, en un episodio conocido como “El Bogotazo”: la Capital fue parcialmente destruida por una turba de gente, lo que rebosó la copa de la tolerancia popular y desencadenó un cruento enfrentamiento partidista entre los liberales y los conservadores que se extendió por todo el territorio nacional.

Los enfrentamientos más cruentos y sangrientos se dieron en el campo. Personas de todas las condiciones sociales tomaron partido y se hicieron a las armas para aniquilar al contrincante del partido opuesto. Desde las tribunas del Congreso en la Capital los cuadros de los partidos encendían los ánimos y se declaraban la guerra unos a otros. Esta guerra se materializaba en matanzas indiscriminadas de bando y bando, tiñendo de sangre a todo el país (Perea: 1996).
Las siguientes elecciones, en 1950, fueron ganadas por el radical conservador Laureano Gómez, con quien la violencia llegó a niveles desesperantes lo que desembocó en el golpe de estado en 1953 que fraguaran los opositores conservadores de Gómez y los representantes del Partido Liberal, dejando en el poder al General Gustavo Rojas Pinilla con la misión específica de pacificar el país y abrir las puertas de la concordia entre los colombianos.

Rojas Pinilla estuvo hasta 1957 en el poder, año en el que se reunieron en España los cuadros de los partidos liberal y conservador y de espalda a la opinión pública decidieron implantar el llamado Frente Nacional, que no era más que la repartición equitativa del poder y los cargos públicos burocráticos entre liberales y conservadores en 1958 durante los siguientes 16 años.
De 1957 a 1958 se instauró una Junta Militar para así dar paso a las elecciones que darían inicio al Frente Nacional. Así pues, se unieron las élites liberales y conservadoras pero excluyeron a toda la base popular en el acuerdo. Las fuerzas de izquierda, identificadas inicialmente con el Partido Liberal, se sintieron traicionadas y emprendieron su propia organización armada que fue ásperamente repelida por las fuerzas del Estado. El Frente Nacional excluyó de la contienda electoral a cualquier fuerza política emergente o a las ya constituidas fuerzas de izquierda, dejándoles sólo la clandestinidad como una alternativa de lucha para alcanzar el poder.

Tan rígido fue el Frente Nacional como acuerdo bipartidista, que en 1970, cuando el candidato de la Alianza Nacional Popular (ANAPO) Gustavo Rojas Pinilla, dictador en 1953, ganó las elecciones en las urnas, los resultados fueron adulterados para dar como ganador al conservador Misael Pastrana Borrero. Así pues, se consolidó la hegemonía en el poder de las élites de los partidos liberales y conservador. Con el tiempo estas élites darían continuidad a un antiguo y rancio dominio del Gobierno por unas pocas familias desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días. Por el palmarés de los presidentes han desfilado muy pocos apellidos, todos relacionados entre sí, anquilosando la política, acaparando el poder y con el poder la mayoría de los bienes públicos, como se analizará a continuación. Las diferencias entre el Partido Liberal y Conservador se zanjaron y terminaron confluyendo en las mismas prácticas políticas con el único objetivo de obtener y mantener el poder, creando un gran abismo entre los partidos políticos y el pueblo.

Como se anotó, Colombia estuvo dividida la primera mitad del siglo XX entre dos partidos políticos fuertes y claramente diferenciados que lucharon entre sí por el poder. El conservador representaba el espíritu de la Constitución Nacional de 1886 y favorecía un status quo elitista y rígido que concentraba el poder y la riqueza de una manera casi que feudal. El liberal, revolucionario y popular, que luchaba por una mayor equidad social y la secularización del Estado principalmente. Estas diferencias se radicalizaron durante la llamada época de la violencia y la paz se firmó con el llamado Frente Nacional, que lejos de lograr las reivindicaciones populares lo que hizo fue elitizar a los cuadros del Partido Liberal y romper el vínculo popular y campesino que lo caracterizaba. Así pues, las bases del Partido Liberal se radicalizaron en su gran mayoría hacia la izquierda revolucionaria y muchos de sus militantes tomaron las armas y formaron guerrillas entusiasmados por los éxitos de las revoluciones de Cuba, Nicaragua, Chile y Guatemala, continuando con el brote de subversión que se expandió por todo el continente.

En este contexto la política en Colombia, durante y después del Frente Nacional, tomó visos de exclusión y excesiva burocratización del Estado, con el objeto de cumplir los acuerdos partidistas y las cuotas designadas desde el nivel local hasta el nivel nacional. Esta dinámica generó profundas prácticas clientelistas. Quien quería ocupar un puesto público necesariamente debería comprometer su voto con su padrino político y también el de su familia y entorno cercano. Y el clientelismo garantizó la continuidad en el poder de los mismos cuadros políticos, reencauchados por lazos familiares y de afinidad con los antiguos gamonales políticos.
Así tenemos que Alfonso López Michelsen, hijo de Alfonso López Pumarejo, fue presidente de 1974 a 1978. Que Andrés Pastrana Arango, hijo de Misael Pastrana Borrero, fue presidente de 1998 a 2002. Que Juan Manuel Santos Calderón, el actual presidente de Colombia, es sobrino nieto del ex presidente liberal Eduardo Santos Montejo (1938-1942), y así, en otros cargos públicos de enorme relevancia, el delfinato en un hábito natural a la política en Colombia. Y estas familias destinadas a gobernar tienen fuertes vínculos con los magnates económicos, con los terratenientes, con los dueños de los medios, dejando un espacio casi inexistente para la incursión de nuevas fuerzas al poder, menos aún, si estas fuerzas son de izquierda. A ello se suma un visceral rechazo por parte de la sociedad a la guerrilla que hace tiempo perdió su norte ideológico y centró sus actividades en prácticas delictivas de lucro indiscriminado como el secuestro, la extorsión y el narcotráfico.

Pero este es sólo un síntoma más en el diagnóstico que se hace sobre la elitización del poder en Colombia. Ligado a esta dinámica clientelista, vino una desbordada corrupción. Los bienes públicos fueron sistemáticamente acaparados por los funcionarios públicos. El dinero del Estado pasó en gran parte a manos de particulares que se lucraron desangrando las arcas del fisco. Y ha sido recurrente que la lealtad política se traduzca en encubrimiento y favorecimiento hacia la corrupción. Los organismos judiciales y de control son muy poco eficaces y algunas veces laxos en el castigo de este mal y la Ley misma está diseñada para imponer unas penas irrisorias para los delitos relacionados con la corrupción.

Ya hemos visto pues cómo las diferencias partidistas se diluyeron con el Frente Nacional en componendas politiqueras forzadas por una violencia exacerbada. Así se logró un acuerdo entre élites de espalda a la sociedad llevando a una profunda escisión entre partidos y pueblo con base en prácticas clientelistas y una desmedida corrupción administrativa.

Este cuadro ha tenido varios efectos que quiero resaltar acá:

1. Las elecciones populares a todo nivel (corporativas y unipersonales) han servido para legitimar el poder acaparado por las élites. Los votantes en su gran mayoría acuden a las urnas no para ejercer su derecho libre al voto si no para cumplirle al patrón político que los obliga, ya sea satisfaciendo una necesidad del votante (compra de voto), comprometiendo una ayuda del Estado (subsidio estatal por voto) o por simple coacción (presión armada).

2. A su vez, las personas electas llegan al ejercicio de la función pública con instrucciones claras para favorecer a sus padrinos políticos y así continuar con el carrusel de corrupción y acaparamiento del poder traducido en tierra y riqueza.

3. No abarcando toda la elitización del poder por la vía electoral y de corrupción administrativa, los actores armados paraestatales garantizan, por lo menos en el campo, la preservación de la riqueza de los terratenientes y grandes hacendados, fuertemente ligados al poder local. No es casualidad que en este momento en Colombia haya 70 exparlamentarios en la cárcel por colaboración con los grupos paramilitares, principalmente representantes de las provincias en donde hay mayor pobreza y mayor concentración de la riqueza. En teoría, los grupos paramilitares surgieron como una respuesta campesina al asedio de la guerrilla. Pero ese manto aparente duró poco cuando la expansión terrateniente hizo evidente que lejos de combatir a la guerrilla estaban usurpando la tierra legalmente obtenida por campesinos pobres, forzándolos a la miseria y al desplazamiento.

4. La ley está diseñada para que esta dinámica se repita sin mayores consecuencias judiciales para afectar el dominio de las élites. Colombia ha implementado las famosas “leyes transicionales” que buscan solucionar el conflicto a costa de la justicia. Así pues, crímenes de lesa humanidad son castigados con ocho años de cárcel, lo que a todas luces es una afrenta para el dolor de las víctimas y en general para la sociedad. Esta Ley la elaboraron los paramilitares y la aprobó un Congreso cómplice como está comprobado en los cientos de sentencias judiciales que existen develando esta alianza entre parlamentarios y paramilitares. Por lo tanto, la impunidad judicial es una herramienta efectiva para la solidificación de este status quo rígido e inmutable de acaparamiento del poder por parte de las élites, excluyendo de los beneficios sociales a una base cada vez más amplia, más desposeída y con menos instrumentos para acceder al poder por la vía democrática. Y como si esto no fuera poco, tenemos que ver en las noticias diariamente cómo estas fuerzas paramilitares que están amangualadas con algunas fuerzas políticas del país se lucran del narcotráfico como fuente de financiación generando una alianza nefasta entre paramilitarismo, narcotráfico y política que inunda de corrupción las instituciones del Estado desde el nivel local hasta el nivel nacional. (Uprimmy: 2006)

5. La respuesta organizada del pueblo para repeler y combatir el status quo y el sistema que lo reproduce es inexistente. En Colombia el término “pueblo” es gaseoso y difícil de definir. No se puede delimitar por la identificación de clase. El pueblo no es la clase baja o clase media. El pueblo más bien constituye un anhelo, una fuerza deseable pero inexistente. En Colombia “el pueblo” se ha dividido y se ha plegado sistemáticamente a las élites en sus luchas. Por ejemplo, durante la llamada “época de la violencia”, las personas que se enfrentaban y aniquilaban entre sí en las zonas rurales eran campesinos pobres que trabajaban para un patrono liberal o uno conservador. De acuerdo con la filiación política de los patronos ellos se armaban y se mataban con los contendores, pero no por su ideología o convicción política, sino por la lealtad o la sumisión que tenían frente a su patrón. Esta dependencia de “el pueblo” de las élites ha neutralizado cualquier connato de organización y aún más cualquier intento de resistencia. Los campesinos dependen del terrateniente para subsistir porque reciben un jornal y no tienen posibilidad de producir para comercializar. El asalariado depende del sueldo que le da el patrón que escasamente le alcanza para cubrir sus necesidades básicas. Y el Estado conserva una gran servidumbre que ha gestado a través de subsidios que no se corresponden con una política integral de superación de la pobreza sino que agudiza la dependencia del pobre, lo que direcciona su voto y coacciona su voluntad. Es decir, en Colombia el término “pueblo” se asemeja más a la servidumbre feudal que a una masa organizada dispuesta a reivindicar sus derechos.

6. La guerrilla, que a finales de los 60´s pretendió ser una respuesta armada de izquierda frente a la opresión de la derecha y del nuevo y consolidado establecimiento bipartidista, fue contenida militarmente y nunca tuvo posibilidades de llegar al poder realmente. Se formaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) de vocación revolucionaria soviética, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) de corte castrista y el Ejército Popular de Liberación (EPL) de orientación maoísta. La guerrilla contó con algún apoyo popular durante los 60´s y los 70´s, pero el desmonte paulatino de las revoluciones en el continente con base en férreas dictaduras y al final de los 80´s, con el fin de la guerra fría, hizo que perdiera toda legitimidad. El EPL se desmovilizó, el ELN se debilitó y las FARC perdieron su norte ideológico y se dedicaron a la delincuencia organizada a una escala de gran magnitud, centrando su financiación en actividades como el secuestro, la extorsión y el narcotráfico. Es decir, la revolución armada dejó de ser una alternativa y por el contrario el accionar demencial de la guerrilla unió aún más a los colombianos en torno de sus élites dominantes, que con un discurso antisubversivo y contrainsurgente lograron aceitar su desprestigiada maquinaria con un nuevo enemigo común.

La realidad que se ha esbozado hace que Colombia constituya un caso bien particular en el contexto de América Latina. Colombia se precia de ser la democracia más estable de esta parte del continente y si bien tuvo una dictadura militar en cabeza del General Rojas Pinilla, esta no fue producto de un golpe de Estado militar, sino de un acuerdo partidista como forma de hacer una transición hacia la paz. Sin embargo, este sofisma pierde credibilidad cuando se establece que si bien en Colombia las dictaduras no han sido una forma frecuente de Gobierno para preservar la estabilidad, el autoritarismo que se implanta en cada período permite intuir que no es la democracia tampoco la que ha predominado como forma de gobierno en el país. Por eso es importante revelar que Colombia poco tiene para enorgullecerse en materia de democracia. Un país en el que persiste el conflicto armado interno por más de 60 años, con actores claramente diferenciados y en pie de lucha, con un promedio de casi 50 muertes violentas al día, no puede presumir de ser un país estable y mucho menos democrático.

Y este conflicto hunde sus raíces en las profundas diferencias sociales gestadas desde la concepción misma de la República en 1886. El status quo ha favorecido históricamente a una élite rica y poderosa y ha cooptado o aniquilado fácilmente cualquier brote revolucionario. Esta élite ha sabido mantener divida a la base de acuerdo con sus intereses y esta base no ha tenido la capacidad de generar una identidad que le permita mover el yugo que la oprime. Los entes de clase, como los sindicatos obreros o las asociaciones campesinas, son estructuralmente débiles y políticamente irrelevantes. Convocan poco, se movilizan eventualmente y nunca han arrastrado masas. Nunca han sido una amenaza real para el establecimiento y como todos los demás actores populares son fácilmente transables por el Estado.

Si bien Colombia cambió su Constitución Nacional en 1991 y le dio un carácter secular al Estado y amplió las libertades individuales y democráticas, esto no ha sido más que el medio para poder ver con mayor claridad que a pesar de que existen anhelos nacionales por construir una nación más incluyente e igualitaria, el sistema y el establecimiento siguen siendo suficientemente fuertes para hacer prevalecer una estructura excluyente, elitista y desigual. El abismo que hay entre los anhelos planteados en la Constitución del 91 y la realidad es abrumador, y si bien existen herramientas legales para procurar una sociedad más justa, las élites se han encargado de acomodar cada artículo a sus intereses. Y lo que se sale del alcance de la Ley, proclive a favorecer a las élites por demás, se compra con dinero o se impone con las armas.

Este esquema rígido ha convertido a la democracia en un medio de legitimación del establecimiento. Por medio del voto popular se eligen y se reeligen los políticos que se encargan de que la Ley favorezca la reproducción del sistema. Las políticas institucionales se inclinan a implantar un esquema de privilegios absurdos para que nada cambie. Para que se concentre la riqueza, para que el 52% de la propiedad esté acaparada en el 1,5% de la población, para que los bienes del Estado sean feriados entre políticos corruptos que nunca son sorprendidos en sus fechorías y que si lo son cuentan con toda una legislación complaciente y laxa que no genera mayor temor para el infractor.

Por eso considerar olímpicamente que Colombia es una democracia, es desconocer que existen males estructurales que hacen que la democracia no sea más que una herramienta de opresión hábilmente manipulada por las élites e imposible de contrarrestar por un pueblo sumiso y obediente que no tiene capacidad de reacción. Con el agravante de que las llamadas fuerzas revolucionarias han perdido toda legitimidad, hundidas en el fango del delito y que las verdaderas fuerzas revolucionarias con espíritu de libertad son fácilmente criminalizadas por los organismos de seguridad del Estado que ven en cualquier brote de izquierda un guerrillero en potencia.
Por eso en Colombia la conciencia política es limitada. Se consideran logros del Estado las masacres sostenidas en contra de la guerrilla. En ningún país se celebra con tanta euforia la muerte de un ser humano como en Colombia. Sólo he visto algo similar cuando las Fuerzas Militares de los Estados Unidos mataron a Osama Bin Laden. Pero era un enemigo foráneo. En Colombia el júbilo se siente con la muerte de compatriotas. Las promesas de seguridad democrática desatan la solidaridad de todas las capas sociales. Y es evidente que la seguridad democrática está encaminada a favorecer los intereses de los ricos. Gracias a esta bandera demagógica el anterior presidente, Álvaro Uribe Vélez, logró arrastrar la favorabilidad de la mayoría de los colombianos. Militarizó las carreteras, radicalizó la lucha armada, dio de baja a importantes jefes guerrilleros incluso violando la soberanía de países hermanos e hizo replegar así a la guerrilla militarmente. Pero esto no fue más que allanar el camino para que los ricos pudieran volver a sus haciendas a imponer su ley y su mando.

Los subsidios del Estado para el campo fueron descaradamente asignados a las familias más ricas y poderosas de terratenientes, con fuertes nexos con el Gobierno Nacional de Uribe, que además eran sus financiadores políticos. No se puede considerar como una victoria de la democracia una política de seguridad que sólo favorece a los más ricos en detrimento de los más pobres. Eso lo único que genera son nuevos resentimientos y por lo tanto nuevos brotes revolucionarios.
Así pues, lo que pretendo con este trabajo es sustentar y justificar lo que quiero desarrollar para mi tesis de Maestría. Demostrar con datos más duros cómo se ha consolidado esta elitización del poder y cómo la democracia, más que una forma de gobierno, ha sido una herramienta útil para la legitimación del establecimiento y la reproducción de sus dinámicas.

Con este propósito, se pueden identificar los capítulos de acuerdo con los efectos planteados de la elitización del poder:
1. Papel de las elecciones populares como agente legitimador en la elitización del poder.
2. Rol y desempeño de los funcionarios elegidos por voto popular en el mantenimiento del establecimiento.
3. Papel de las fuerzas paramilitares en el mantenimiento del status quo.
4. Diseño y aplicación de la Ley para favorecer las dinámicas de corrupción que dan sustento y base al funcionamiento del establecimiento.
5. Respuesta y actitud de “El Pueblo” frente al establecimiento.
6. Brotes revolucionarios y consecuencias de su acción.

Pretendo convertir estos ítems en objeto de investigación para poder montarles las respectivas variables e indicadores de análisis que me permitan poder hacer un diagnóstico más completo y acertado acerca de la elitización del poder en Colombia durante los últimos 60 años, haciendo especial énfasis en la concentración de la riqueza y la impunidad judicial como pilares fundamentales de este fenómeno.

En conclusión, este trabajo se constituye como la motivación inicial de un proyecto más profundo y ambicioso que encontró su génesis en las clases sobre democracia en América Latina de la Maestría de Ciencia Política y Sociología de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en Argentina. Esta inquietud surgió en momentos previos a la exposición de lo que había sido el Frente Nacional en Colombia, cuando de repente un compañero de otro país me decía que nosotros los colombianos nos preciábamos de ser “la democracia más estable de América Latina”. En ese instante descubrí que en realidad somos “la democracia más hipócrita de América Latina”. Y quiero explicar por qué.


BIBLIOGRAFÍA
- PEREA, Carlos Mario. Porque la sangre es espíritu. Editorial Aguilar. Bogotá. 1996.
- BUSHNELL, David. Colombia, una nación a pesar de sí misma. Editorial Planeta. Bogotá. 2007.
- GARCÍA VILLEGAS, Mauricio, REVELO REBOLLEDO, Javier Eduardo. El Estado Alterado. DeJusticia Editores. 2010.
- UPRIMMY, Rodrigo, RODRIGUEZ G., César, GARCÍA, Mauricio. ¿Justicia para todos? Sistema Judicial, derechos sociales y democracia en Colombia. Grupo Editorial Norma. 2006.

sábado, 3 de julio de 2010

Pienso que tenemos todo por pensar. Para empezar de nuevo.

Debo decir que el texto que subí a “Calma, quietud y tribulación”, con el título inventado de última hora “Dolor profundo, vómito de rabia, Patria Maldita”, no fue un ataque verborrágico motivado por la aplastante victoria de Santos sobre Mockus el 20 de junio. En realidad, lo único que agregué fue el título y el último párrafo. El resto fueron pequeñas regurgitaciones regadas en diversos momentos de desespero, reacciones a esas pequeñas historias personales y patrias que se vuelven fácilmente rabia y dolor. Al final, fue un texto armado como Frankenstein de distintos comienzos inconclusos que abandonaba hastiado de hastiarme. Y la verdad, no pensaba publicarlo. Hay muchos textos que reposan en un estado de limbo ahí, escritos, en hibernación. Pero ese día sentí un dolor tan profundo, una nausea tan asquerosa y odié tanto lo que pasa en Colombia que decidí evidenciar ese malestar acumulado y reflejado en esas pequeñas cuotas por tanto tiempo. Y obviamente es un malestar que persiste ante la impotencia de acciones inertes ante males inmensos.

Las elecciones exacerbaron sentimientos que venían en ebullición. Sabía que las elecciones se perdían, eso lo tenía claro, y quizás alcancé a intuir, sin dejarlo traslucir, que sería catastrófico, aunque quería que fuese distinto. Y comprendí que las elecciones sólo fueron la evidencia que mostró cómo está construida la “democracia” en Colombia. No importa si hubo fraude o no. No importa si fueron 9 millones de votos por Santos por 9 millones de tamales repartidos. Eso es lo de menos.

El problema es que la estructura social en Colombia, que para mí es a todas luces injusta, desequilibrada, preferente para los ricos y controlada por los ricos, es inamovible por la vía electoral, y dado el nivel de alienación y conformidad que percibo en toda la sociedad, inamovible por cualquier vía.

Son esperanzadores esos 3 millones y medio de votos para los verdes. Pero es esa esperanza tradicional que le permite a uno entender que en Colombia el deseo de cambio es simplemente minoritario. Bien intencionado, noble y sincero, pero minoritario. La pregunta que ahora me ronda es si vale la pena luchar por una sociedad que no quiera cambiar, que aparentemente está conforme con lo que sucede. Si está bien que uno deje de criticar a una sociedad en la que la gente aprecia su pobreza y admira la riqueza de los ricos. Finalmente, la gente en Colombia es una de las más felices del mundo de acuerdo con un riguroso estudio del Instituto Internacional de Risología y Felicidad Fortuita con un estricto e infalible método de ver qué sociedad se ríe más cuando trasmiten un divertido comercial de Davivienda.

No me voy a arrepentir de mis reacciones viscerales porque considero que no son infundadas. Además no estoy empuñando armas para justificar los muertos de mi ira. Estoy plasmando mi escozor en un escrito, en un papel que sólo llegará a quién quiera verlo, sin más daño que la susceptibilidad de quién no esté de acuerdo. Y esta trinchera no esconde las vísceras, todo lo contrario, las expone y les da sentido.

Colombia me duele, por eso la asumo con una posición crítica y dejando traslucir la rabia que siento al verla en esa franca decadencia en la que cada golpe genera más alegría que tristeza. No entiendo cómo es grato que en un país se piense que hay progreso cuando la pobreza supera el 50%, cuando el desempleo se acerca peligrosamente al 15%, cuando los homicidios en las grandes ciudades siguen en aumento y se van develando enfrentamientos entre bandas de mafiosos al mejor estilo mexicano con masacres a la salida de las discotecas. No entiendo cómo es seguridad democrática que caigan muchachos inocentes en nombre de esa seguridad sólo para dar resultados. No entiendo cómo es aceptado que se entreguen subsidios millonarios a familias multimillonarias que sencillamente no los necesitan mientras no hay dinero para poner en marcha la ley de víctimas de la violencia. Y no entiendo cómo es para alegrarse que la guerrilla esté disminuida, cuando está gobernando en Venezuela como un Gobierno legítimo que puede dar la guerra desde la regularidad de las naciones. Porque la guerrilla en Colombia es un grupo de delincuentes uniformados. Pero en el ámbito internacional está dirigida por un loco disfrazado con boina roja que tiene armas y poder para hacer una fiesta bélica.

Esta posición crítica me ha significado que me califiquen de apátrida, argentino, desagradecido y cobarde. Y lo asumo, con tranquilidad.

Ahora, reconozco que debo ser más serio para asumir una posición no sólo crítica, sino estructurada. Reconozco que esto va más allá de sentarse a decir sandeces viscerales. Reconozco que me falta ser más intelectual y menos activista. Reconozco que soy bueno para lanzar piedras pero no tanto para justificarlas. Pero creo que el camino correcto está en desnudar esas falencias para encontrar un apoyo sincero de este pequeño combo que se está armando alrededor de unas ideas compartidas.

Admiro profundamente a las personas que están dando la pelea allá, de frente al cañón, asumiendo los riesgos, soportando las derrotas con gallardía y asumiendo el día a día de la lucha con sus consecuencias. Yo sólo espero que comprendan que desde la distancia también se programan las luchas. Fidel y Ernesto llegaron a Cuba desde México en un barquito que no era muy estable y desde ahí construyeron una revolución romántica. No sé si ahora conserve su intención, creo que no, pero es admirable cómo se ejecutó con barbudos pobres, pero convencidos.

Ahora soy consciente de que no tengo una propuesta. Si la tuviera, sería sólo una arrogante reacción de lo que creo intuitivamente que debe ser. Y considero que una propuesta no es una reacción arrogante de un pichón de intelectual. Ahora, sólo soy un ciudadano desconcertado por el trauma de una nación que actúa traumatizada. Un ciudadano que se fue de su país para verlo desde afuera sin la certeza de estarlo viendo bien. Por eso es importante para mí la construcción conjunta de visiones de estos 10 quijotes convencidos de un ideal latinoamericano como un modelo para armar con base en principios éticos y con base en un deseo obsesivo por imponer la justicia social.

Este es nuestro pequeño barco virtual que lleva una revolución por aguas turbulentas. Una revolución que por lo menos impacta en la mente de los tripulantes y genera reflexión profunda y sentido de Patria. La travesía no es de días o semanas o meses. La revolución no es un instante, una fecha, una conmemoración. La revolución es una forma de vida. Una forma de vida de posiciones críticas, acciones, deliberación, odios y amores, reacciones, discusiones, partidarios y contradictores.

Ahora, reconozco mis profundas debilidades y mi propuesta es simple. Hacer de este espacio, de esta trinchera un debate de contribución mutua en el saber para la acción. No hay límites temporales precipitados por unas elecciones o una coyuntura especial. Parto de la base de que acá van llegando a este barco personas dispuestas a jugársela con ideas, por ideas para generar acciones. El problema quizás no sea Santos ni lo que representa. Quizás el equivocado sea yo al creer que el sistema es injusto. Pero tengo claro que debo estudiar mi acierto o mi error con criterio, con estructura, con bases serias.

No soy un líder. Soy un gregario de buenas intenciones. Por eso me la jugué por Mockus y me la jugaré por él o por su sucesor en el año 2014. Soy un gregario de buenas acciones. Estoy acá para que me ayuden a nutrir un sentimiento que se llama Patria. No odio a Colombia. La amo. Y porque la amo me duele su dolor, ataco sus desigualdades y me encarnizo con sus hechos. Digo que no me merece porque quiero que me merezca. No porque yo sea un ser superior digno de venias y reverencias. Digo que no me merece porque quiero que Colombia merezca todo lo que quiero para ella: Justicia Social, respeto por la vida humana, Democracia Deliberativa en la que un argumento pese mucho más que una bala.

Amo a mi país porque me dio todo lo que tengo y me hizo todo lo que soy. Y si digo que no me merece es porque quiero verlo a mi lado, y merecerlo y dar hasta la vida misma por su sublimidad hecha Patria. Después de pensar, sólo pido su ayuda para crecer en este camino revolucionario que no es un instante, es una forma de vida a la que entrego mi vida.

miércoles, 9 de junio de 2010

El siguiente paso.

No puedo dejar de pensar y tengo que escribir, desde acá, desde este país “flaquito pero bonito” que es Chile.

Con el perdón de mis “colegas”, voy a prescindir del odioso análisis de “la Ciencia Política” y optaré por opinar, simplemente opinar como opinador que soy. Los politólogos en Colombia, se han especializado en hacer arrogantes predicciones, para luego decir con aún mayor arrogancia, por qué sus predicciones fueron unas pifias hilarantes. Entonces, habré de reconocer que la Universidad de los Andes, con toda su pompa, le dio un título a un charlatán que lo reconoce abiertamente a costa de un billete largo y un mediocre promedio. Yo vengo siendo ese mediocre charlatán. Y no porque tenga nada en contra de mi alma Mater ni mi carrera, simplemente porque hoy no quiero ser profesional, al igual que siempre, que me alejo del profesionalismo para disfrutar de la opinión desprevenida y franca, la de la tienda conversando con doña Lupe.

Pero bueno, ya sin preámbulo, creo que no hay que seguir sacando la calculadora de las ilusiones porque las cuentas ya están hechas. En Colombia siguen predominando la politiquería, las maquinarias, el clientelismo, el aprovechamiento de la necesidad de la gente con fines electorales y todos esos vicios que hacen que los votos de las personas que quieren un país más justo sean duplicados por otros a los que les convienen las vainas chuecas y que además pueden someter el voto de una base desposeída, torpe, ignorante y apática. Eso no necesita calculadora y mucho menos la calculadora de las ilusiones. Me confié, creí que ganábamos apretado la primera vuelta y barríamos en la segunda. Creí que Vargas Lleras venía repuntando bien, quitándole votos a Santos, que Petro mantenía su caudal electoral, que Pardo conservaría los votos de su esposa y él y que Nohemí… bueno, que Nohemí finalmente llegaría al caudal de lo que Andrés Molano muy hábilmente definió como el “efecto soufflé”. Se infló por una imagen de antaño que se desinfló cada vez que abría la boca para parecer cada vez más reina y menos candidata. Sus intervenciones en los debates fueron deprimentes. A punta de “TPP” que parecía más bien una porra de “cheers” que un programa de Gobierno, terminó en el sótano de los afectos electorales.

Creí en los índices de las encuestas y la euforia cibernética. Creí ilusamente que la masa de la opinión sensata esta vez sería suficiente. No fue así, me equivoqué. Afortunadamente, también di mis predicciones como simple aficionado que le apuesta a la polla futbolera y que cree que súbitamente Ghana le podría ganar la final a Francia sólo porque los de Ghana son unos bacanes que juegan bonito. Pero no es suficiente con querer y creer, hace falta estrategia, entrenamiento, fogueo, inteligencia… y algo de las armas del oponente sin caer en sus vicios y marrullas, en sus bajezas y suciedades, en sus maquinarias y sus trampas. Pero sí se puede mandar una que otra patada a la canilla con disimulo, a sabiendas de que puede aparecer una tarjeta amarilla… o que quizás no.

Lo que quiero decir es que no es suficiente actuar con buena voluntad, fe, bacanería y arte. El poder en Colombia está establecido como una estructura inmóvil. Por eso su transformación no será fácil ni se logrará en estas elecciones. Pero hay una oportunidad nunca antes vista para hacer una oposición radical y una resistencia reflexiva que dará resultados en el mediano plazo.

Doy por descontado que la segunda vuelta se pierde. El politólogo Alfredo Rangel dice que se gana por más del 70%. Él es un “analista” de Santos. Es decir, es un santista, por lo tanto no me inspira respeto como analista. Además que él hace análisis con cartas marcadas. Él sabe cómo funciona la corrupción desde dentro. Así como yo mismo no me inspiro respeto como analista porque me considero un activista. Yo lo veo más hacia el 60% 40%, pero igual, se pierde. Y no es pesimismo, son cifras, maquinarias, alianzas. Creer que va a pasar lo contrario, es iluso.

Pero creo que en este caso, para Santos y todo lo que representa, ganar es poder perder, y perder mucho. Mi reflexión es la siguiente: Santos va a recibir un Gobierno del que él participó. Participó y protagonizó sus escándalos. Por lo tanto, no llega a corregir sino a encubrir.

Debemos tener en cuenta que llega con por lo menos un 40% de oposición. Es un porcentaje alto, entre los que se cuentan la mayoría de periodistas investigativos que levantarán hasta el último tapete de las porquerías que Santos y su régimen quieran guardar. Creo que su mentalidad troglodita, formada en Kansas y calcificada en Harvard, le harán pensar que la censura y la represión son un camino. Eso le hará perder adeptos rápidamente, porque en Colombia la base es torpe y sumisa cuando se compra, pero es reactiva cuando se le restringe. Entonces, no se si con el corazón o con la razón, predigo que en menos de un año Santos rondará una popularidad real del 40% máximo. Y digo la real porque los medios y las encuestadoras, vendidas al régimen, nos dirán otra cosa.

Es así como la oposición y la resistencia, que somos nosotros, los verdes, los amarillos no clientelistas y algunos apáticos convertidos, deben ir fraguando la revolución. Cada error del gobierno Santos debe ser magnificado, divulgado, evidenciado y sustentado, muy al estilo de Daniel Coronell, que no inventa, sustenta documentalmente cada una de sus denuncias. El ímpetu cibernético debe optimizar esta información, no desbaratar los grupos verdes, por el contrario, mantenerlos, estructurarlos, “deselectoralizarlos” y convertirlos en tanques de pensamiento serios y consistentes. Cerrar algunos a personas expertas en diversos temas para que los Trolls no hagan sus expediciones de espionaje y sabotaje y construir una masa crítica menos emocional y más inteligente. Es la mejor forma de ir debilitando al Gobierno y con el Gobierno al régimen. No hablo de infamias, calumnias, inventos. Hablo de lo real y evidente que es fácil encontrar en un gobierno corrupto como el que se nos viene con Santos. Uribe le entregó un taco de dinamita encendido a Santos que van a querer apagar. Nuestra misión es que ese taco no se apague y le explote en las manos tanto cuanto tenga que explotar.

Siguen andando las investigaciones por las operaciones ilegales del DAS, el dinero de Agro Ingreso Seguro no se retornó nunca y lo que más le implica, las investigaciones por los “falsos positivos”, siguen andando, cada vez con la mirada internacional de reojo más de frente. Es fácil hacerle a Santos de su Gobierno un infierno. Es fácil quitarle esa sonrisita socarrona y cínica y sacarle canas, quitarle el pelo y pasarlo a la historia como lo que pinta que va a ser: Un Presidente ilegítimo, subido por la dinámica de una democracia corrupta, por la ayuda de El Tiempo y de Uribe. Un presidente bobo. Santos no es inteligente, eso ayuda mucho. Lo rodea gente tramoyera y astuta, pero nadie del nivel de un Vladdo, de un Kalmanovitz, de un Coronell, de tanta gente que no tiene el chip de la perversidad como en las huestes santistas, pero que sabe reaccionar frente a un enemigo perverso.

Creo que el triunfo de Santos será un triunfo miserable. Ahora aliado con los conservadores, siempre lentejos, con Cambio Radical, que ni es Cambio ni es Radical, tan sólo son los representantes light de la pupicracia nacional que se confunde fácilmente con la democracia tradicional, y los liberales que van de tolda en tolda buscando migajas, como Juan Manuel Galán, con tanto de Juan Manuel y tan poco de Galán.

Los de ese lado, el lado orgullosamente elitista, dirán que respiro por la herida. Es decir, los dos o tres que puedan leer esto algún día. La verdad no. La verdad no me siento ni herido ni derrotado. Me siento como cuando en el ajedrez le dejan a uno la reina servida después de que a uno se le comen un caballo. Sonríen por el caballo, pero no ven la papaya que dan con la reina. Y la reina es Santos. No por el bótox, sino por el poder que concentra y que no sabe administrar porque no es un estadista. Es un delfín con buena suerte, buenos padrinos y buenos medios. Nada más. Y nos lo vamos a comer vivo.

Por eso esta propuesta, que no es soterrada ni oculta, pero si subversiva y revolucionaria, dos palabras que adoro y que la guerrilla colombiana prostituyó en su infinita ambición y salvajismo.

La propuesta inicial, resumida, es abrir los ojos, estar atentos a los errores de este Gobierno y darle con todo. Asegurarnos de que los escándalos de corrupción se sepan en la Indochina. Que los excesos de las fuerzas militares y los organismos de seguridad del Estado ordenados por el Gobierno lleguen hasta la Polinesia. Que las componendas burocráticas y clientelistas lleguen a Canadá, Argentina y Rusia. Con eso iremos socavando las bases de una estructura corroída. Que se note que somos, por ahora, más de 3 millones de opositores radicales, una resistencia organizada, ideologizada y mística.

Este es el primer paso de una serie de pasos que llevarán a una revolución. No me quiero adelantar más. Porque debemos ir paso a paso.

Adicionalmente a esto, tienen que venir los intelectuales a nutrir el cambio, a proponer, a estructurar un nuevo modelo para la pirámide social y la nueva democracia. Este es otro nivel, en el que ya deben estar trabajando los expertos que consideran que una sociedad más justa es posible. Aún no me considero con ese nivel. Soy un párvulo de intelectual que goza más con el activismo y la revolución de las letras.

Esta es mi trinchera y esta es mi propuesta inicial que deberá ser nutrida. Es sólo un punto de partida para compartir ideas, más ideas, con la clara intención de hacer tambalear un Gobierno ilegítimo, corrupto y plutocrático hasta que caiga no sólo como Gobierno, sino como régimen inequitativo, injusto y desigual que promueve el acaparamiento de la riqueza y la perpetuación de la pobreza como herramienta de dominación.

Este espacio es mi trinchera, pero ustedes, ocho quijotes acá conmigo, me pueden compartir sus hermosas ideas de revolución para seguir nutriendo la lucha.

Porque las luchas justas no tienen fecha de vencimiento.

martes, 1 de junio de 2010

A pensar...

No soy iluso, pero no pierdo la ilusión. No creo que los resultados hayan sido positivos, pero tampoco creo que sean catastróficos. Creo que la euforia fue superior al trabajo. Y creo que nos confiamos en los girasoles, la buena onda, la camaradería y en el “tú también ayudaste”.

Hoy me retiro unos días a pensar. Me voy para Chile. Y voy a apagar este aparato que me trae tantas noticias que debo decantar en la distancia. Creo que esos retiros espirituales son importantes para tratar de elevarse al cosmos y valorar la lucha desapasionadamente.

Nos jugamos mucho en estas elecciones que pasaron y la otra votación nos duplicó. Pero no hemos perdido nada. Hace tan sólo cuatro meses Mockus y el Partido Verde, eran sólo una llamita de vela. Hoy son una hoguera que calienta a más de 3 millones de espíritus que creen que ser ciudadano, buen ciudadano y ciudadana, vale la pena. Vendrán años difíciles, de apretar los dientes y controlar la ira. Vendrán más escándalos de corrupción nunca resueltos o mal resueltos por una justicia amordazada. Vendrán tensiones absurdas que pondrán a Colombia contra las cuerdas en el concierto internacional. Vendrán olas de ingobernabilidad absoluta porque Santos no podrá mantener en el tiempo ni en el El Tiempo las prebendas que le habrán de significar este triunfo, que resulta pírrico, por la forma como se consigue.

Me han dicho que soy un pesimista. Quizás. El hecho de ser colombiano me facilita el pesimismo. Me gusta. Lo disfruto. Porque cada buena noticia o logro es una sorpresa encantadora. No hay nada más grato que la derrota de un pesimista. Siento que la segunda vuelta se pierde. No tan abrumadoramente, pero se pierde.

Por eso, aprovecharé mi retiro espiritual para asumir una nueva posición para este revejido país. Para planear una estrategia, una estructura, un método de acción. Para mirar cómo jugamos esta “jenga” de palitos inestables para que se le caiga la torre no sólo a Santos, sino a todo lo que representa. Y los que queremos un país más justo, sabemos qué representa.

Me voy un rato. Ofrezco excusas por hacerlo en este momento. Parece que dejo el blog andando como un carro sin conductor en plena bajada. No es eso, sólo voy a parar un rato para fumarme un cigarro, respirar profundo y pensar de nuevo. La lucha no va a ser fácil y necesitamos renovar el espíritu del combate.

Un abrazo a los y las seis quijotes que hasta hoy se han unido a los “seguidores” de esta trincherita. Para mí es muy grato saber que comparto este diálogo de bacanería con cibernautas que se atoraron acá para tomarse unas polas virtuales conmigo.

Ya nos veremos a la vuelta que no es en un tiempo largo. Sólo unos días. Gracias por estar acá. La esencia de la lucha está en los ojos atentos y las manos dispuestas para hacer. Hasta pronto, muy pronto.

lunes, 31 de mayo de 2010

Entrada de madrugada del 31 de mayo para abrir el blog. Para abrir la lucha.

En mi blog Calma, quietud y tribulación, me permití añadir unas entradas de tintes políticos, clamores colectivos que yo hice míos para convocar una solidaridad que fue y ha sido evidente, grata, motivante.

Pensé que una vez ganáramos las elecciones presidenciales de 2010 con Antanas Mockus, lo que daba por descontado en mi infinita ingenuidad de creer que en Colombia hay más pueblo soberano que élite dominante, volvería a la imaginación literaria, a la crónica y quizás a una que otra obra de satisfacción, haciéndole seguimiento a un cambio en la sociedad que vería desde mi exilio voluntario en Buenos Aires.

Son las 2:33 de la madrugada en Buenos Aires y las 12:33 a.m. en Colombia. Acaba de culminar un día nefasto para la democracia, para la autodeterminación del pueblo colombiano, para la esperanza de un grupo creciente de personas que cree en una sociedad más justa, con unas élites más dirigentes, un pueblo menos oprimido y una estructura social más equitativa e incluyente. Pero no, no fue así. Ahora, yo, péndulo entre la rabia y la tristeza, arrastrando desconcierto y desolación.

En cualquier caso, a pesar de los fraudes evidentes ya denunciados por la Misión de Observadores Electorales que descubren la compra de votos desde las huestes oficialistas, esas mismas que representan en la política a ese grupúsculo que acapara la riqueza y el poder, siento que la mayor responsabilidad de esta derrota recae en el pueblo, en la sociedad, en ese grupo amplio de personas de la base que se someten y someten a toda una Nación por acción u omisión. Es incomprensible que alrededor de un 51% de votantes no hayan ejercido su legítimo derecho al voto. Yo mismo no lo hice pero porque median 5 países entre mi mesa de votación y yo, sin una tutela que me hubiese abierto la posibilidad de votar. Y fui activo, políticamente activo. La apatía es un cáncer que se traga la estructura de una sociedad justa. La democracia se ha convertido en una herramienta más de la clase dominante que además legitima todas sus acciones mientras los cómplices pasivos de su accionar se quedan en sus casas durmiendo, viendo fútbol, burlándose de “la gente que vota” o qué se yo.

Ahora percibo mi exilio como una necesidad, como una plataforma de acción política que debo explotar con un impacto desconocido pero cierto. Este nuevo blog no busca convocar sólo opinión, sino también acción. El bosque se ve más claro desde afuera y las guerras no se planean sobre el terreno sino sobre los mapas. Mi apuesta en este blog es sentar una posición política estructurada, formada con quienes quieran intervenir para ponerle seriedad al cambio, que me den su aporte desde mi país y desde otros puntos del planeta. Los resultados en los que confiábamos iban a ser más esperanzadores, pero no fue así. Ahora se tiñe de nuevo un panorama de gris plomizo, con una nueva mafia en un renovado poder.

Acá, prescindiré del estilo. Acá trataré de ser más claro y directo. La literatura se quedará en Calma, quietud y tribulación para permitirle a este espacio una interacción más clara en función política, en buscar alternativas de acción, de generar una revolución de ideas que se pueda materializar en una revolución real que nos permita recuperar al país de las garras de las élites que no lo quieren soltar.

Sí, este es un espacio subversivo y revolucionario, abierto a las ideas de cambio con un fin específico. Construir una estrategia de acción que nos permita recuperar el país de las mafias, los mafiosos, los pícaros y sus picardías. No se considera la violencia como una alternativa pero sí la radicalidad de las ideas y su ejecución.

Acá no son bienvenidas las FARC ni sus acciones. Acá no es bienvenido Chávez y su injerencia indebida sumada a su megalomanía demencial. Acá no es bienvenido quien acepte la muerte de otro colombiano como algo legítimo para alcanzar el poder. Acá espero ansioso a este grupo de compatriotas descubierto por todo el mundo y en mi propio país, dispuestos a lograr un cambio hacia la ciudadanía y la convivencia pacífica. Pero espero ideas innovadoras, agresivas, creativas para lograr recuperar lo que es nuestro. La justicia social y la equidad no sólo son derechos. Es obligatorio procurarlas. El compromiso, así fuere solitario entre mí y mis escritos, será el de recuperar la democracia para el pueblo. Esta es una ventanita subversiva porque va en contra de un régimen corrupto, pero a la vez constructiva porque le quiere devolver ese régimen más que a la legalidad, a la ética, porque es claro que muchas leyes son sólo herramientas del poder para afianzarse a sí mismo.

Esta es una entrada improvisada de tres de la madrugada que sirve de apertura a una lucha perenne, persistente, consistente, denodada y que no tiene fecha de vencimiento. Terminará cuando las élites corruptas dejen de utilizar las herramientas de la democracia para su propio beneficio, cuando el Estado represente los intereses de la sociedad y cuando el ciudadano cobre más valor social que el mafioso. Ese día, habremos cumplido. Entonces bienvenidos y bienvenidas. El camino será largo y tortuoso, pero los resultados seguramente irán marcando una ruta de satisfacción inmensa. Gracias por estar ahí… así este mensaje se quede para mí sólo. Todo bien. Acá está quien quiera estar y se puede ir quien disponga que es lo correcto. La libertad está en hacer. Y este es mi pequeño aporte.

Por qué no voto por Juan Manuel Santos. (24 de mayo de 2010)

Aunque parezca producto de la mente de un JJ Rendón verde, que no lo soy, y que no tengo el poder para serlo como párvulo refugiado en un blogcito de difusión gratuita y restringida, si voy a decir abiertamente por qué no me gusta la figura de Juan Manuel Santos para que sea presidente de Colombia. Trataré de hacerlo de una forma objetiva y desapasionada, aunque sé que no lo voy a lograr porque es que de verdad el tipo me cae mal. Evitaré apelativos como “Chuky”, “Grinch”, “Santo Positivo” o cualquiera que ataque la desagradable apariencia física de este ser… do.

Voy a empezar por el final: A mi no me gusta la gente que se alegra con la muerte de otro ser humano. No voy a negar que sentí alivio cuando dieron de baja a Raúl Reyes. Porque ese era otro que se alegraba con la muerte. Y aplaudí al Gobierno por el operativo, porque sé que consultándole a Correa todavía andaríamos detrás de él para pedirle el favor de que por lo menos le sacara la lengua en territorio ecuatoriano. Y él no lo hubiese hecho. Me molesta es toda la política generada alrededor de los estímulos para dar caramelos por muertos y el desprecio tan grande por la vida que este estúpido experimento suscitó.

Los grandes demócratas de la historia, han visto a la muerte del enemigo como un mal necesario en la procura de fines superiores de la sociedad. Pero un mal. Y el grueso de los muertos en nuestra guerra no son como Raúl Reyes. Son unos muchachitos sacados de sus casas a la fuerza cuando no han dejado de ser niños, bajo presión y en contra de su voluntad que les dan un fusil a las malas y les ordenan matar so pena de su propia muerte o la de sus familias. Creo que el merito real de un demócrata está en sacar a estos jóvenes de la guerra vivos, no muertos. No mostrando cómo aparecen sus botas ensangrentadas saliendo de unas bolsas negras horribles mientras todos los que están vivos se abrazan jubilosos como si esto fuera una cacería de bestias. No, ese país no me gusta, y el estratega que lo pinta así, tampoco.

No comparto el ideal guerrillero, o mejor, su falta de ideales. Mucho menos comparto su forma de proceder y de torturar a todo un país secuestrando, matando, extorsionando, y todas las porquerías que hacen. Son despreciables como se les mire. Pero la brutalidad no se puede atacar con brutalidad. La brutalidad se ataca con inteligencia, y a todas luces, Santos no es un tipo inteligente. Es instruido, educado y tiene más cartones que la casa de Lupe, una desplazada que vive en “el paraíso” arriba de lucero alto. Pero no es inteligente. Un tipo inteligente daría incentivos por pacificar, no por matar.

Matar es fácil, más si se tiene un fusil para hacerlo. Pacificar requiere de más sesos. Qué tal si a un comandante de división se le dan estímulos por reducir los combates en su zona, por cartas de gratitud de la comunidad que protege, por actividades que le procuren cariño y no miedo. Qué tal si se incentivara al Coronel que sea capaz de disuadir a un grupo de muchachos guerrilleros para que se desmovilicen y sean productivos en el bando de la legalidad. Qué tal si los muertos fueran la última opción y no la primera. Sencillo, habría menos muertos y más vivos. Pero si a un general le dan caramelos, medallas, vacaciones, viajes y prestigio a cambio de muertos, muertos se tienen. Porque si uno corrompe la cabeza de ahí para abajo todo se corrompe. El General premia al Coronel, el Coronel al Capitán, el Capitán al Sargento, el Sargento al Cabo, el Cabo al soldado y ya… muertos elevados a la potencia “n” tenemos.

¿Y si no podemos matar guerrilleros? Fácil, nos inventamos guerrilleros. Cogemos al hijo de la señora Lupe que es medio tránsfuga, le ofrecemos un puesto en Ocaña, lo emborrachamos y lo matamos. Vamos a donde mi General, él nos da un fin de semana de permiso y una platica y mi General queda bien con mi Ministro de Defensa ¿Y doña Lupe? Doña Lupe no importa, para eso tiene hartos hijos y le damos platica de “Familias en Acción” por seguir preñándose irresponsablemente ¿Y el Ministro que diseñó todo esto? El Ministro ahora es candidato presidencial con grandes posibilidades de ganar y no le ha dado nunca la cara a doña Lupe así doña Lupe lo busque para que le de una explicación. Aparte de que no le da la cara, le manda a decir con su señora esposa, que si no vota por él, le quita el subsidio de Familias en Acción.

Y doña Lupe sólo piensa: “me tocará votar por el Santos porque o si no me quedo sin el “suicidio” de Familias en Acción”. Y ya, Santos tiene hasta el voto de doña Lupe a pesar de que él diseñó la estrategia que terminó con la vida de su hijito tránsfuga, el que más quería, porque o si no, no podría mantener a sus otros 5 hijos que le dan platica con los “suicidios” de Familias en Acción. Esto si es ganar por punta y punta, pero no me vengan con que es inteligencia. Esto es astucia, hasta “picardía” es.

En cualquier país maduro esto tendría una responsabilidad política que debería asumir un personaje político. El endiosamiento de Uribe lo inhibe a él de asumir cualquier responsabilidad. Así sea evidente su responsabilidad directa, como con las interceptaciones ilegales del DAS. Pero uno por lo menos esperaría, como ciudadano, que el Ministro de la cara. No sólo no dio la cara sino que quemó a más de 10 generales y un sinnúmero de oficiales sin el debido proceso, algunos de ellos sin responsabilidad alguna y se los tiró a los leones de la opinión pública y la justicia como cualquier emperador romano en problemas. Y aún hay quien piensa que las Fuerzas Militares “lo adoran”. No, no es cierto. El resentimiento que genera Santos en los soldados honestos de la Patria detrás de bambalinas le haría casi que ingobernable el país. Un mito más desvirtuado. Esto sin contar a todos los generales de la policía que quemó injustamente para poder subir a Naranjo, escudado en otra evasiva de su responsabilidad cuando se empezaban a destapar las “chuzadas”.

Otra cosa que no me gusta de Juan Manuel Santos es su “camaleonismo político”. A simple vista se nota que no es un tipo de estructura y principios. Es un político ávido de poder. Ha servido a dios y al diablo con tal de no perder vigencia.

Made in USA, privilegiado de los pocos que podían estudiar fuera en los 60´s, no regresó de Harvard a Colombia. Mejor se fue para Londres a representar a los cafeteros colombianos cuando en la vida había visto un palo de café. Quizás acá esté aflorando mi resentimiento social de lumpen. Entonces no diré más al respecto.

En todo caso llegó a Colombia a principios de los 80’s para hacer una carrera periodística corta en la que admiró profundamente a Antanas Mockus, para luego meterse de cabeza en la política desde la que despreció y ha despreciado a Antanas Mockus por no ser un político tradicional y que más bien le parecía un payaso simpático.

Fue Ministro de Gaviria, de un Ministerio sospechosamente creado para él. Fue el primer Ministro de Comercio Exterior. La apertura económica de Gaviria dejó a mi tío que fabricaba camisas en Pereira en la absoluta quiebra y sin ningún respaldo del Estado. Quizás acá también esté brincando mi resentido de lumpen. Después, Santos pasó al partido liberal de codirector, esperando para dar el zarpazo durante el Gobierno de Samper. Ante la ingobernabilidad de éste, que se vendió a los narcos para ser Presidente, dicen, no me consta, que le quería hacer el cajón al bojote junto con unos militares y otros paramilitares para tumbarlo. Qué lindo. El mismo Samper lo dice y las mentiras entre mentirosos resultan creíbles.

Como no pudo dar el zarpazo por la resistencia del serpazo, prefirió ser precandidato. Pero como tenía más fuerza un Topolino modelo 70 sin reparar, prefirió desistir para seguir viendo a qué árbol se arrimaba. Ganó Pastrana la presidencia en el 98 y lambió y lambió y lambió y lagartió y lagartió y lagartió hasta que por presión política Pastrana lo nombró Ministro de Hacienda en el 2000. De él sólo recuerdo el impuesto del 2 por mil en las transacciones bancarias que ahora es 4 por mil para superar una crisis de los bancos. Ahora, que los bancos están bien, yo no veo que me devuelvan esa platica por las utilidades monstruosas que presentan. Y el impuesto sigue.

Después, Uribe… y me da pereza contar qué pasó. Además todos lo vimos en vivo y en directo. La carrera política de Santos se resume así: Con Gaviria se volvió gavirista, con Samper se volvió oportunista, con Pastrana se volvió pastranista y con Uribe se volvió uribista. Ahora sólo es Santos y como no es nada de lo anterior, sólo es un político vacío de contenido y lleno de soberbia acumulada en estos 20 años.

Juan Manuel Santos es el típico camaleón político que se para encima de la cabeza de sus amigos y enemigos para obtener el poder. Es producto de unos medios que él controla o que controla su papi o su primis o su tío. Es el típico representante de una élite recalcitrante que nos ha tenido del cuello durante los últimos 200 años. Es el típico representante del maquiavelismo que avala que el fin justifica los medios. Y el fin es su poder al que ama con absoluta pasión, pero por el poder mismo, por nadie más. Por el gusto de sentirse poderoso. Y el poder lo siente dirigiendo tropas al combate, que le lleven en canastos la cabeza de sus enemigos y jugando al Mariscal mientras gana guerras que se inventa.

No me gusta Santos porque es la representación de la continuidad, lo que asume con cinismo. Del Úberrimo a El Tiempo todas son granjas y todos somos peones. Son capataces que nos dicen cuáles son los principios que debemos respetar así ellos mismos se los pasen por la faja cada vez que se les da la gana. Son patrones, pero no son líderes. Son mandoncitos, pero no saben mandar. Son arrogantes y les gusta sentirse así. Me refiero a Santos y a su estirpe de guerreros fabricados en Harvard, Oxford e intermedias.

Y por último, lo que no me gusta de Santos son los santistas. Pero no los que votan coaccionados porque les van a quitar el “suicidio” de “familias en acción”, esos me dan pesar. Me refiero a los santistas de pura sepa.

Vi un letrero en el Facebook de una compañera de la universidad que encaja dentro del perfil santista o como yo me imagino el estereotipo así: “ESTAMOS ELIGIENDO PRESIDENTE COMO SI FUERA LA MUCHACHA DEL SERVICIO: no sabe hablar, no sabe cocinar, no sabe lavar, no sabe planchar, pero es honrada!!!” con el consabido “ja,ja,ja,ja” subsecuente.

Me imagino a las señora de Urrea, de Urrutia, de Heinz, de Pombo, de Santamaría, de Ladrón de Guevara, de Santos y todos aquellas “de” que evitan mezclarse con el genoma chibchoide, muertas de la risa de esta “ocurrencia, ala”, mientras la pobre Lupe escuchaba lavando platos en la cocina, rezando para que no le fueran a quitar el “suicidio” de Familias en Acción. El juego de bridge en la que a la más “pila” de todas se le ocurrió eso, debió ser inolvidable.

Y así son la mayoría de santistas o por lo menos sus argumentos. Flojitos, agresivos, clasistas, peyorativos, pero sin fondo o consistencia. Que hay que acabar a esa “plaga”, pero uno no sabe si se refieren a la guerrilla o a los pobres. Que Mockus es como Chávez porque, porque, porque… no sé por qué… nunca lo explican. Que porque Mockus admira a Chávez. Prefiero a alguien que sepa tramar y amansar al mandril ese, que alguien que lo rete a pelear como varones o que le de en la cara marica. Que Santos representa la continuidad de Uribe, pero va uno a ver y los uribistas con ideales claros están o con Vargas Lleras o con Mockus. Los seguidores de Santos son esas elites genuinas o de levantados o “clase emergente” que llaman, que para entrar al club les piden el carnet del Partido de la U. Y a mi eso tampoco me gusta.

Si, lo confieso, no pude ser objetivo y mucho menos imparcial. Me cae mal Santos y lo que representa. Asumo los insultos, improperios, amenazas y hasta que me den en la cara maricas por pensar como pienso. Pero no me lo puedo guardar y menos aguantar. Menos ahora que el diario de mayor difusión en el país, El Tiempo, le está haciendo campaña en contra de cualquier criterio periodístico o informativo. Como yo no soy periodista, pienso y estoy en mi blog, gratuito y restringido, lo digo con claridad. No voto por Santos por nada, ni por los 40 mil que me dan si me agarro a escribir en la red ni porque venga hasta acá a ofrecerme Familias en Acción. No, gracias pero no. Comprendo a doña Lupe y que le toque hacerlo, pero sé que somos más los que no “tenemos” que hacerlo, entonces, YO, no voto por Santos. Me mamé de las picardías, los pícaros y los picarones y tengo resentimiento de lumpen. No y no. No voto por Santos.

Carta abierta a los mafiosos y las mafiosas en el preludio de las elecciones presidenciales de 2010. (27 de abril de 2010)

Buenos Aires, abril 27 de 2010.


Repudiados y repudiadas señores y señoras mafiosos y mafiosas, clase politiquera, secuestradores de la democracia colombiana durante los últimos 200 años.

Colombia.

E. S. C. (En su conciencia).


Señores mafiosos y señoras mafiosas,

Con todo comedimiento, pero con decisión y sin ánimo de desafiarlos (porque acabaría muerto) quiero exigirles que por primera vez en nuestra historia no priven a Colombia de lograr un cambio sustancial en su forma de ejercer la política.

No les voy a pedir ilusamente que dejen de comprar votos, de intimidar campesinos y de hacer acuerdos polítiqueros para lograr sus objetivos. No, eso sería como pedirles que dejen de ser ustedes y eso no lo van a hacer. Les voy a pedir que no vayan a ser tan radicales como Pablo Escobar y Santofimio en 1989 como para matar a Antanas. Les voy a pedir que no sean tan torcidos como Samper en 1994 como para financiarse en un porcentaje descarado de sus compañeros de lucha como los narcotraficantes, los terratenientes o los paramilitares para comprar conciencias y torcer autoridades electorales. Que cuando nuestro triunfo sea inminente no vayan a robarse las elecciones como Misael Pastrana en 1970.

Les pido que omitan esos extremos y se limiten a sus prácticas tradicionales. El tamal y la cerveza en las barriadas, el billete de 50 mil el día de las elecciones y hasta que hagan que voten los muertos que ustedes mismos han matado si desean. Incluso, si quieren, nadie podrá evitar que tuerzan a más de un jurado electoral, que se roben las mesas de la provincia y finjan problemas de orden público para alterar los resultados. Todo eso sé que va a pasar, pero no nos va a detener.

No pretendo que dejen de jugar sucio cuando sé que no conocen otra forma de jugar. Cuando eso les ha representado tener el poder por años y períodos tan largos. Cuando han elegido un presidente que ha dado todo un banco nacional a los narcotraficantes para que legalicen su sucio dinero y es enterrado como el más ilustre y noble de los ciudadanos u otro que puede financiarse su campaña con dineros de la mafia y luego, como si nada, es un ilustre garante de los derechos de los secuestrados. Entiendo que no tienen otra forma de jugar cuando con esa siempre han ganado mientras los colombianos “de bien”, que no servimos para nada, sólo renegamos y aguantamos.

Ahora creemos en este tipo Mockus, que no es un mesías pero que es buena gente. Que no cree que le vaya a pasar nada de acá al 30 de mayo. Que cree que puede hacer de nosotros, colombianos acostumbrados a bajarle la cabeza a su rifle, a su Toyota o a sus guardaespaldas, ciudadanos dignos, deliberantes y combativos con los argumentos, y que además cree que esos argumentos pueden derrotar a sus rifles, a sus toyotas y a sus guardaespaldas. Es un iluso, si, como yo, pero por favor, por ser iluso, no lo vayan a matar. Dennos la oportunidad de demostrarles que no somos tan idiotas como ustedes siempre nos han creído. Dennos la oportunidad de creer y hacer para que ustedes mismos se den cuenta de que es más sabroso vivir respetando al otro que pasándole por encima y que el poder no está en sus tierras de la que han despojado a los campesinos ni en el “tote” que nos sacan en la calle sino en el respeto que puedan inspirar por ser realmente respetables.

Mockus saldrá electo con el voto de opinión de las grandes ciudades, de los muchachos pensantes que orgullosos van a salir a votar por primera vez cuando hasta hace muy poco nada les importaba y no distinguían entre apatía y política. Mockus va a ganar con el voto del que siempre pensó que era mejor hacer la fila y respetar el carril que tener una Toyota de traqueto para echársela encima al del automóvil comprado con trabajo. Mockus saldrá electo a pesar de que ustedes hagan lo que hacen siempre fingiendo que somos un país democrático cuando esto siempre ha sido una mafiocracia dominada por ustedes y controlada por sus títeres.

Si señores, Mockus va a ganar porque no representa el voto del odio o el miedo. Pastrana ganó por el odio que inspiró Samper y su proceso 8.000 en su lacayo Serpa. Uribe ganó por el odio a las Farc que se exacerbó por la idiotez de Pastrana. Y volvió a ganar porque su tarea de odio no estaba terminada. Y cada uno gana por el miedo a dejar de ser lo que somos. Porque el trabajador de la tierra tiene miedo de que el terrateniente lo eche o lo mate. Porque el de la empresa teme perder el salario mínimo si no hace lo que el dueño insinúa. Porque cada cual está cómodo en su estiércol al que ya se ha acostumbrado. Por esa simbiosis asquerosa entre el poder corrupto y el estado que se hacen favores y se retribuyen ayudas entre trago y trago de Old Parr y palmaditas majaderas mientras se reparten tierras y subsidios por votos. Mockus es el voto de los que nos cansamos de sentir miedo y odio. De los que nos cansamos de odiarlos y temerlos.

Por eso, señores mafiosos y señoras mafiosas, sólo les pido que no maten a Mockus y que no se roben las elecciones que legítimamente vamos a ganar. Del resto nos encargamos nosotros sin que ustedes dejen de hacer lo que hacen. Nosotros nos encargamos de conversar con el pobre que ustedes van a comprar y ese día no se va a querer dejar comprar, nosotros vamos a hablar con el campesino que ustedes llevan con fusil a las urnas y ese día se va a querer esconder de ustedes, nosotros vamos a ir a votar masivamente por este señor Mockus y por su amigo Fajardo a pesar de que ustedes estén regados por todo el país impidiéndolo. Hagan lo suyo, nosotros haremos lo nuestro.

Nos harían un gran favor si le chuzan el celular a Mockus y dejan filtrar una conversación con Fajardo a los medios de comunicación, para que nos sorprendamos todos de que no hablen de cómo van a repartir ministerios, direcciones, notarías y demás, y pagar favores políticos como ustedes nos tienen acostumbrados, para escuchar en esa conversación cómo le van a llegar a la gente con libros, cuadernos, esferitos, puentes y toda una estrategia pedagógica para construir ciudadanía. Les pido encarecidamente que le chucen el celular a Mockus que yo no me canso de escucharlo. Por favor, todo el DAS detrás de Mockus. Creo que más de uno se educaría por teléfono. Que lindo sería que Mockus educara a los del DAS sin querer queriendo.

Entonces, les solicito que hagan lo que quieran pero que no nos maten la ilusión y no porque Mockus sea un mesías. Sólo porque es un ser humano y la vida es sagrada. Sólo porque es un medio para alcanzar un fin noble. Sólo porque lo queremos vivo en la Casa de Nariño y no rindiéndole honores con dolor en el Cementerio Central para que por colmo de males, lo entierren al lado de López y Turbay. Sólo porque es un buen ciudadano que quiere construir ciudadanía para que ustedes nos respeten, para que ustedes no nos intimiden ni nos sobornen ni nos maten.

Repito que este no es un reto con ánimo camorrero para que sean “varones”, tampoco les voy a dar en la jeta maricas. Esta es una solicitud respetuosa para que nos den la posibilidad de demostrarles que están equivocados, completamente equivocados y que al retomar el rumbo de la ciudadanía ganan ustedes, ganamos nosotros, ganan sus hijos y los nuestros y gana Colombia que se revuelca y se revuelca en lustros y lustros de infamia venerando gobiernos por ustedes puestos y por nosotros criticados. Esto no es la arrogancia de los “legales y morales” que somos nosotros contra los “ilegales e inmorales” que son ustedes. No, ese no es el asunto. El asunto es que yo ya me mamé de que ustedes me maten, me intimiden, me sobornen, me echen la Toyota encima, me saquen el “tote” y yo me cague del susto. Me mamé de ustedes y no los voy a desafiar. Pero si les digo algo, no nos vamos a dejar más, vamos a ir a las urnas y los vamos a derrotar, y nunca, pero nunca más, les voy a agachar la cabeza para que ustedes me humillen como traquetos porque yo me comporto como ciudadano. Nunca más. Porque aunque estoy lejos, Colombia es mi país y quiero volver y sentirme tranquilo, rodeado por ciudadanos y no por fieras armadas que ven resultados en muertos y no en niños felices.

Cordial, pero firmemente,


Andrés Felipe Giraldo L.